Cría Cuervos ● Cuando la Popularidad Municipal no Alcanza para la Foto. Rumbo al 2027

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“El pueblo no debe temer a su gobierno, sino el gobierno temer al pueblo.” Thomas Jefferson. Tercer presidente de Estados Unidos.

Hoy en Cría Cuervos…

La geografía política de Tlaxcala es un mapa de contrastes que ninguna campaña oficialista puede maquillar. Sesenta municipios, sesenta realidades, una brecha abismal entre los que gobiernan bien y los que han convertido la incompetencia en un sello de identidad. Mientras unos ediles se codean con los mejores del país, otros ocupan los sótanos más profundos del ranking nacional. La paradoja, como siempre, es que los peor evaluados son justo los que miran con ambición la gubernatura.

El contraste que duele: Huamantla vs. Chiautempan

Para entender la fractura municipal de Tlaxcala basta con mirar dos extremos: Huamantla y Chiautempan. El primero, gobernado por Salvador Santos Cedillo (PVEM), es un caso de éxito que debería estudiarse en las escuelas de administración pública. En febrero de 2026, Santos se colocó en el lugar 23 nacional con un 55.3% de aprobación, en abril, ascendió al puesto 19 con 55.8%. Es el segundo mejor alcalde del PVEM en todo el país, solo superado por el edil de Pátzcuaro, Michoacán.

Al otro lado del espectro, Blanca Angulo Meneses, presidenta municipal de Chiautempan, ocupa el último lugar nacional en el ranking de Consulta Mitofsky. Su aprobación: 29%. Su desaprobación: 69.9%. El contraste es brutal: la gestión en Huamantla es 2.1 veces más aceptada que la de Chiautempan. La alcaldesa es, además, la peor evaluada de todo Morena.

¿Qué explica esta diferencia? Mientras Santos ha impulsado turismo, infraestructura y cercanía ciudadana en un municipio que es referente cultural del estado, Chiautempan arrastra rezagos en servicios públicos, percepción de abandono y una gestión calificada como “un desastre total”. No es casualidad que la misma fuerza política, Morena, gobierne los municipios reprobados y que el único alcalde aprobado sea del PVEM. La lealtad partidista no garantiza la competencia municipal.

El drama de la capital: Alfonso Sánchez, entre la reprobación y la aspiración

El caso de Alfonso Sánchez García, exalcalde de Tlaxcala capital, es el síntoma más evidente de esta esquizofrenia política. Su gestión fue un fracaso en las encuestas de aprobación: ocupo el lugar 132 de 150 con apenas un 31.3% en abril de 2026. En febrero, fue aún peor: lugar 138 de 150 con 37.3%. Y cuando se le compara con otros alcaldes de capitales, la vergüenza es mayúscula: ocupa el lugar 26 de 31, muy lejos del 59.9% de Hermosillo, Sonora.

El ciudadano tlaxcalteca -y más de la capital- es claro: percibe ineficacia en servicios públicos, inseguridad persistente, obras prometidas que nunca llegarán y opacidad en el manejo de recursos. La saturación de su imagen en redes, lejos de ayudar, ha tenido el “efecto contrario, la gente lo rechaza porque piensa que es una estrategia electorera basada en la simulación de trabajo”.

Sin embargo, y aquí está la contradicción que debería avergonzar a la democracia tlaxcalteca, el mismo alcalde reprobado es el favorito para la gubernatura de 2027. Morena lo coloca -a modo- a la cabeza de las preferencias internas con 39.2% según TResearch, mientras que otras encuestas como Heras Demotecnia reportan que su conocimiento ciudadano pasó de 24.4% en octubre de 2025 a 51.6% en mayo de 2026. El partido, no el candidato; la visibilidad, no la gestión; la promesa, no el cumplimiento. Esa es la lógica que domina el juego político en Tlaxcala.

Hoy vemos que el fantasma de Alfonso Sánchez Anaya es y seguirá siendo la capa que puede envolver a su hijo en la postulación a la gubernatura, sin embargo los tlaxcaltecas pasando los rituales mortuorios, volverán a la vida cotidiana y solo quedará en el recuerdo, si el “Delfín” como lo llaman en el argot político, se quiere ensalzar y ponerse como mártir por la pérdida de su padre, nunca va a salir de esa imagen de junior y de transiciones hereditarias, es decir nunca será él mismo y ni alcanzará nada por él mismo.

La guerra de encuestas y los otros municipios

El escenario municipal se completa con otros nombres que dibujan un mapa desigual. Javier Rivera Bonilla, alcalde de Apizaco, también por Morena, ocupa el lugar 141 de 150 con 36.4% de aprobación. José Manuel Jiménez, de Calpulalpan, se encuentra en una posición intermedia (lugar 102 con 48.5%). La alcaldesa de San Pablo del Monte, Ana Lucía Arce, ha logrado posicionarse en el top 5 municipal según encuestas locales, con un 52.6%.

Pero el caos se agrava en la arena electoral: las encuestas de preferencias para la gubernatura se contradicen con la violencia de un puñetazo. Mientras TResearch coloca a Alfonso Sánchez por encima de Ana Lilia Rivera, LaEncuesta.mx le da a Rivera una ventaja de 47.9% frente al 25.2% de Sánchez García. El ciudadano queda atrapado en una guerra de números donde cada casa encuestadora pinta el escenario que mejor conviene a su cliente.

El precio de la desigualdad municipal

Que Huamantla tenga un alcalde aprobado y Chiautempan tenga el peor del país no es un accidente. Es el reflejo de una cultura política que premia la lealtad partidista por encima de la capacidad de gestión. La ciudadanía que reprueba a sus ediles en las encuestas de opinión termina votando por el partido, no por el candidato; por la presencia mediática, no por los resultados.

Mientras tanto, los 60 municipios de Tlaxcala sobreviven a este contraste: unos brillan, otros se hunden, y la mayoría navega en la mediocridad. La excepción de Huamantla demuestra que sí es posible gobernar bien en la entidad. Y ese dato, incómodo para los que esgrimen la excusa de la fatalidad, debería ser la piedra angular de cualquier proyecto político serio. Pero la política, en Tlaxcala, parece haberse convertido en el arte de ignorar las evidencias.

Cuando el ciudadano entienda que la popularidad no es lo mismo que la capacidad, quizá los alcaldes reprobados dejen de ser los gobernadores soñados. Mientras tanto, el mapa municipal seguirá siendo un reflejo de esa contradicción: Huamantla como el espejo donde mirarse, Chiautempan como el espejo donde no mirarse, y la capital, atrapada en el limbo de una reprobación que no le impide aspirar a más.

Y te Sacaran los Ojos…

El tlaxcalteca vive atrapado en una paradoja que ya es casi un destino: reprueba a sus alcaldes en las encuestas de opinión, pero cuando llega la elección, vota por el mismo partido. La lógica se rompe, el ciudadano se fragmenta. Un día se queja de que el agua no llega, y al siguiente, sin transición, aplaude a su gobernador en una publicación de redes sociales. Esa fractura, ese desdoblamiento del yo político, es el síntoma más grave de nuestra democracia.

Porque la democracia no es solo votar. Es también y, sobre todo, exigir. Es sostener la mirada incómoda sobre el gobernante y preguntarle: ¿qué hiciste con lo que te confié? Es negarse a confundir la presencia mediática con la capacidad de gestión. Es entender que el eslogan no llena los baches y que el spot no detiene la inseguridad.

Los aspirantes, esos “delfines” ungidos por la gobernadora o por las encuestas, se pasean por el estado como si gobernar fuera una cuestión de popularidad y no de capacidad. Pero los números son tozudos. Salvador Santos, el mejor evaluado, es también el que menos aparece en la guerra mediática. Y Alfonso Sánchez, el peor evaluado, es el que más presencia tiene. La relación es inversamente proporcional: a más exposición, menos gestión; a más spots, menos resultados.

Al final de este recorrido, la pregunta no es por los políticos, sino por nosotros. ¿Qué clase de ciudadanos queremos ser? ¿Los que se dejan seducir por la promesa fácil o los que sostienen la mirada incómoda sobre el poder? ¿Los que celebran un gol mientras el barco hace agua o los que se niegan a que el fútbol sea el opio del pueblo?

El analista Roy Campos, director de Mitofsky, dijo una frase que resuena con fuerza: “Es evidente que está reforzando el área de comunicación”. Esa frase, aplicada al contexto, es una condena. La comunicación se ha vuelto el sustituto de la gestión. El spot, el plan, el meme, la política. Y la ciudadanía, atrapada en ese juego de espejos, termina confundiendo la imagen con la realidad.