La fiesta no puede cerrar los ojos ante un país donde el poder intenta convertir la propaganda en realidad: Lucía Melgar
Hoy en Cría Cuervos…
El fútbol tiene una cualidad casi mágica. Un gol en el minuto 90 puede hacer que un país entero olvide todo, aunque sea por unos segundos, que el agua no llega a su colonia, que el transporte público es un caos o hasta en un caso extremo que un hijo lleva meses desaparecido. Y los gobiernos lo saben. Lo saben tan bien que, lejos de ver el Mundial como un evento deportivo, lo han convertido en la herramienta de distracción más eficaz del manual del poder contemporáneo.
No es casualidad que el especialista en estudios socioculturales y sociología del deporte José Alberto Guerrero Baena, haya advertido que “este tipo de eventos siempre serán utilizados para tapar crisis económicas, problemas de violencia, sociales, etcétera”. La frase duele porque es cierta, y duele más cuando uno repasa la historia reciente y encuentra el patrón repetido una y otra vez: un evento masivo, una fiesta deportiva, una medalla olímpica, y mientras tanto, las grietas estructurales y de poder se profundizan en silencio.
El fútbol como anestesia social
El Mundial de 1978 en Argentina, bajo la dictadura de Jorge Rafael Videla sigue siendo el ejemplo más crudo de esta estrategia. Mientras el mundo miraba los partidos, los crímenes en contra de la humanidad se sistematizan y se ocultaban tras la fachada deportiva. Los militares entendieron que los gobiernos democráticos también han sabido replicar: el fútbol es el opio de los pueblos, y el Mundial es su dosis más concentrada.
En Argentina, el fenómeno se ha repetido con una regularidad casi mecánica: la Copa del Mundo opacó la guerra de Malvinas en 1982, disminuyó la desilusión democrática en 1986, edulcoró la hiperinflación en 1990 y distrajo la corrupción menemista en 1994. El Mundial es, para las administraciones en apuros, un “efecto amnesia” garantizado. En los 39 días que dura el torneo, la pobreza, el desempleo, la corrupción y los crímenes aberrantes parecen desvanecerse en el aire como por arte de magia.
México 2026: la fiesta y las fosas
México no es la excepción. El regreso del Mundial el país que lo ha organizado tres veces se ha presentado como una celebración de la grandeza nacional. El gobierno presume “belleza, riqueza y calidez”, pero el contraste es brutal: el discurso oficial choca de frente con la realidad de un país donde la violencia no cede y las cifras de desaparecidos superan las 133,000 personas, según Lucia Melgar, en su columna Transmutaciones, Lucía Melgar.
Mientras las calles se pintan al vapor y el Metro de la CDMX se remienda con urgencia para recibir a los turistas, las madres buscadoras recorren el país con picos y palas en busca de sus hijos. No llevan camisetas de la selección, llevan fotografías desgastadas y una exigencia que el poder se niega a escuchar. Durante la XIV Marcha de la Dignidad Nacional, el pasado 10 de mayo, las familias de desaparecidos dejaron claro su reclamo: “No hay juego limpio con campos de exterminio”.
Y mientras el gobierno se reúne con figuras del entretenimiento, (como gansos o perritos) las buscadoras reciben amenazas, son asesinadas como Patricia Acosta y su hija Katia Jáuregui, o deben arriesgar sus vidas en territorios donde ni la policía entra. El contraste entre la fiesta y la fosa es tan obsceno que duele.
El negocio detrás de la cortina de humo
El Mundial no es un evento neutral. Es un negocio de miles de millones de dólares, un mecanismo de legitimación del poder que opera bajo la apariencia de la alegría popular. ¿Hay una razón por la que los gobiernos pelean por ser sede? no es solo por la derrama económica, es porque saben que, durante ese mes, las protestas pierden eco, las críticas se diluyen y el poder puede respirar tranquilo.
Los “problemas estructurales no desaparecen con un gol”, y sin embargo, el gasto en obras faraónicas y la priorización de la imagen sobre la justicia siguen siendo la norma. Según el portal digital La Silla Rota en un artículo de Paloma Sánchez, determina que mientras en Sinaloa la narcoguerra ha dejado más de 2,800 muertos y 4,000 desaparecidos y obligando a 84,000 personas a abandonar el estado, la pantalla muestra un gol, un estadio lleno, una bandera ondeando, y el resto se vuelve ruido de fondo.
¿Hasta cuándo?
La pregunta que debemos hacernos no es si el Mundial nos gusta (por supuesto que sí, la pasión por el fútbol es genuina y legítima), sino si estamos dispuestos a que nos lo vendan como un sustituto de la justicia. Una cosa es nuestra afición por el deporte, y otra muy distinta es la perversidad de un gobierno que usa el Mundial como su máxima cortina de humo.
El torneo terminará. Los estadios se vaciarán. Y las familias que buscan a sus seres queridos seguirán buscando. La pregunta incómoda, la que el poder espera que no hagamos mientras suena el himno, es: ¿qué cambió realmente? ¿O solo nos dejamos distraer un mes más?
Porque la historia, esa que los estadios no cuentan, nos ha enseñado que el fútbol no construye democracia. No resuelve crisis. No devuelve a los desaparecidos. Lo que hace, en el mejor de los casos, es vendernos un espejismo de unidad mientras el barco sigue haciendo agua.
Y te Sacaran los Ojos…
México, y América Latina entera, merece algo más que una cortina de humo. Merece que la alegría del gol no sea el precio que pagamos por olvidar que hay fosas abiertas y familias rotas. Como escribió Lucía Melgar: “La fiesta no puede cerrar los ojos ante un país donde el poder intenta convertir la propaganda en realidad”.
Disfrutemos el Mundial, sí. Pero no dejemos que el fútbol nos quite la capacidad de ver más allá del estadio. Porque cuando el árbitro pite el final, la realidad seguirá ahí, intacta, esperando que le prestemos atención.